Cualquier coincidencia me aseguraba que estábamos hechos el uno para el otro, pues tal y como eras, habías aparecido en mis sueños. Es más, durante un par de noches ni siquiera pude dormir, sólo pensaba en lo bien que la pasaríamos juntos y si no me apresuraba a tomar una decisión, corría el riesgo de perderte y dejarte en manos de alguien más. Sin embargo, usé todas mis artimañas para convencer a quienes me proporcionaría las facilidades para tenerte y al final, todas las puertas del destino se abrieron para que fueras mío.
Recuerdo ese día como si hubiese sido ayer, te veías flamante y la gente no tardó en darse cuenta que en efecto, hacíamos la pareja perfecta. Desde ese momento prometí quererte y cuidarte, como si fueras una parte mía.
Para ambos, era un terreno completamente desconocido; aún así, decidimos enfrentar juntos el reto. No niego en que había estado acostumbrada a tratar con rudos y debido a tu carácter tan dócil, me costó trabajo comprenderte; pero bien dicen que “la práctica hace al maestro” y tardamos poco tiempo en acoplarnos para ser el dúo dinámico.
Con el tiempo, gracias a la seguridad que sentía a tu lado, pude enfrentar mis peores miedos superando cada uno de los retos colocados a mi paso en esta ciudad frenética y desquiciante. Juntos realizamos un sinfín de viajes, escuchamos nuestra música favorita, cantamos mientras pasábamos horas en el tráfico, me consolabas cuando estaba triste y tu envoltura protectora me hacía sentir con el poder de devorarme el mundo entero en un solo bocado.
El agradecimiento siempre había sido recíproco, pues cuando apenas empezabas a presentar algún síntoma de enfermedad, te llevaba con los mejores especialistas para curarte de inmediato. Es más, la vez que te arrancaron la naricita de un jalón, me sentí pésimo y mi autoestima cayó por los suelos. Permaneciste en el hospital y durante tres largas semanas –las cuales me parecieron siglos– te extrañé, pues nunca antes nos habíamos separado tanto tiempo. Y… cuando mi trabajo se alejó de casa 36 kilómetros, evité esforzarte, por lo que prefería dejarte la mayor parte de la semana descansando, e incluso, durante un tiempo, hasta cambié de residencia para hacerte trabajar menos.
Pero todos mis esfuerzos en tu mantenimiento y cuidado han fracasado. He gastado mucho más en ti que en mí, resultaste más delicado que la seda y sinceramente no soy millonaria para estar derrochando el dinero cuando decides dejar de funcionar. Imposible negar que seas hermoso, cómodo, amplio, rendidor y envidiable; pero créeme, con tantos problemas, estoy considerando la posibilidad de que nuestros destinos sean por diferentes rumbos.
Carezco todo conocimiento en automóviles, lo cual me ha causado una impotencia demasiado frustrante y ha llegado a rebasar mis límites de tolerancia. Lo único que sé, es que había visto gente sufrir cuando sus coches los dejaban a la mitad del camino, se veían obligados a empujarlos a la orilla y esperar horas por una grúa. Aún no me has hecho pasar por tal suerte, pero mi espíritu ambicioso se ha rendido en prolongar nuestra relación. Mañana será tu última oportunidad, todo depende del diagnóstico del súper mecánico con quien te llevaré, porque el Mau ya de plano te odia y no quiere saber más de ti, dice que has sido su peor paciente, después de la lata ¡Imagínate el insulto!
En fin, ya mañana cuando tenga un veredicto certero, sabré qué chingaos hacer contigo pochecito.





