A diferencia de las posadas, hace un año durante la víspera de Nochebuena, tuve la oportunidad de hacer el recorrido peregrino de las zambombas por las calles de Jerez, desde las más tradicionales en los barrios gaditanos hasta aquellas alternativas de los bares, en las cuales el espíritu sevillano de las palmas, la danza y aquellas voces -emanadas con profundo sentimiento- lograban que mi piel se pusiera "chinita" y de una forma extraña, pero cálida, evocaban en mí el sentimiento navideño, aunque me encontrara muy lejos de casa.En estas andanzas, desde el barrio de Santiago hasta Dama Juana, descubrí que las zambombas son las típicas celebraciones navideñas -muy familiares ¡Por cierto!- en donde la gente se reúne alrededor de una fogata para cantar y disfrutar de los clásicos villancicos, cánticos que precisamente son protagonizados por la zambomba, un instrumento de percusión -muy parecido al de un tambor- que consiste en un cilindro hueco, cuyo parche (o tapa) es atravesado en el centro por una varilla de madera que, a través de su agitación, produce un sonido grave, bastante peculiar.
En realidad no importa si El burrito sabanero, La Marimorena, Los Pastores a Belén o El Niño del Tambor se repiten por tercera o cuarta ocasión, el repertorio musical nunca cesa, sino hasta altas horas de la madrugada o hasta que el frío lo permite. Mientras tanto, los leños crugen en el fuego y se producen cenizas que revolotean por doquier; los niños se divierten, cantan y bailan, similando todos unos profesionistas del flamenco debido a la delicadeza con la que desplazan sus pequeños cuerpos, lo cual hace comprobar que ese arte lo llevan en la sangre; las palmas emiten aplausos al compás de las panderetas; el cantante anfitrión se mueve de un lado a otro, consiguiendo que las personas se unan al coro; las pesadas cortinas de humo se elevan y se desvanecen en un cielo estrellado profundo, mientras el olor a tabaco se impregna en los abrigos; y las copas de fino junto con los tarros de cerveza quedan vacíos y de inmediato se rellenan, con tal que la celebración sea cada vez más alegre y se sienta calor, no obstante de la gélida temperatura del ambiente, hecho que me remite a la canción de "Los peces en el río": Los jerezanos beben y beben y vuelven a beber.
En definitiva, las zambombas no serían lo mismo sin los gitanos, cuya deshibidida personalidad los convierte en "la cereza del pastel" y a través de ellos se puede ser testigo de un espectáculo auténtico de esa Andalucía, tan alegre, folclórica e inigualable.



